Antonio MARQUERÍE TAMAYO, CEO & Founder ARQEM ARQUITECTOS, Catedrático extraordinario y director de la Cátedra Internacional de Gastronomía Mediterránea de la UCAM, Profesor Titular de la asignatura «Concepto y formato en Gastronomía» de la UCAM

La costa Amalfitana es un tramo de costa italiana bañado por el mar Tirreno, situado en el golfo de Salerno, en la provincia homónima de la región de la Campania. De gran interés turístico y cultural, todos los municipios que integran la costa fueron declarados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Es una costa de gran belleza paisajística y de difícil comunicación entre municipios.

De ahí proviene GianCarlo Milano y de ahí, la impronta de su cocina.
De familia de cocineros aprendió el oficio, sobre todo, de su abuela. Lo ejerció en su tierra natal y en Dinamarca. Pero el amor lo trajo a España, hace 25 años, donde, tras trabajar en diferentes locales de restauración, abrió su propio negocio, ayudado por un amigo, «Il Timone».
«Il Timone» está ubicado en una casa antigua, en frente del Club Náutico de Altea (Alicante). Es una edificación llena de mediterranía, en sus colores y en sus espacios, sobre todo, los exteriores. Según mi clasificación de terrazas, para enamorarse o ir enamorado, tendría 3 corazones.
La cocina de GianCarlo Milano, aunque tradicional, tiene una puesta en escena contemporánea, así lo demuestra en una gelatina de limón que sirve de base a un tártar de atún. También, la mermelada de níspero de Callosa que acompaña a unas croquetas de camembert, muy cremosas y de rebozado fino.

Conocedor de que en España nos cuesta llegar a los secondi piatti, pues nos quedamos casi siempre en la pasta, nos ofrece, antes de ella, un pulpo asado con espuma de patata y un calamar relleno de ricota, perejil y huevo.

Rinde culto a su procedencia en unos de dos platos finales de pasta, «Scialatielli allo scoglio» (pasta amalfitana) elaborado con mejillón, navajas y almejas y de nuevo un guiño de modernidad en una reinterpretación del «Spaghetti carbonara», esta vez en unos «Tortelli».
De postre, un «Tiramisú», cuyo origen reclaman la Toscana y el Véneto, pero que se elabora de forma distinta en las regiones de Italia.
Existen dos elaboraciones que reflejan en nivel de cocina de un ristorante y que a mí me gusta pedir: una, la pasta «Frutti di mare» que en este caso cubrieron los «Scialatielli», y, por último, el «Tiramisú».

Los vinos italianos que probamos fueron Naca, un vino biodiámico de San Marzano y Rubrato Aglianico Feudi di Gregorio 2013.
El aceite, maravilloso, Raccolto 2015, de la Toscana.
Me encanta la cocina italiana, porque es una cocina de producto. GianCarlo es fiel a él. ¡¡¡¡Qué ganas de que llegue el buen tiempo para cenar en su terraza!!!

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